La palabra “rugbier” como sinónimo de venta
Los medios y el rugby. El rugby y los medios. Como periodista, alcanza con poner la palabra “rugbier” en un título para derribar la primera pieza de un dominó que puede terminar aplastando la imagen de personas, colectivos y —en este caso— de un club.
En las últimas semanas trascendió en redes sociales un verdadero desparpajo comunicacional, producto del afán de manchar en base a un estereotipo que cuesta cada vez más desestigmatizar: el del “rugbier”.
A raíz de una denuncia ocurrida en una fiesta de un club de rugby y hockey —donde el eje fue la divulgación, sin consentimiento, de contenido sexual — se generó una ola de desinformación que arrasó con la idiosincrasia de una institución entera y de todos sus socios.
Lejos de centrarse en la denuncia en sí, la manera de informar volvió a apuntar hacia el practicante de rugby en lugar del hecho concreto, que no tenía relación con el deporte.
Periodistas con trayectoria —que no hace falta nombrar— tergiversaron hechos, instalaron incógnitas falsas (drogas, abusos) y hasta pidieron cárcel para personas que no conocían, únicamente por el peso simbólico que hoy tiene la palabra “rugbier” en la sociedad.
“Rugbier” es un término coloquial, extendido en Argentina y el Río de la Plata, utilizado para definir a jugadores de rugby. Aunque la FundéuRAE y el Diccionario de Americanismos recomiendan “rugbista” como forma correcta, el uso mediático consolidó otra cosa: una etiqueta.
Y en ese uso, la palabra dejó de ser descriptiva para convertirse en una herramienta. No es inocente. Es un gancho. Genera clicks, activa prejuicios y alimenta el amarillismo en lugar de poner el foco donde corresponde.
El derecho a informar y el derecho a la información son pilares fundamentales en una sociedad funcional. Pero también lo son la ética y la responsabilidad. En ese equilibrio, aparece una zona gris: el uso de condicionales —“habrían”, “supuestamente”— como escudo para instalar versiones sin pruebas y evitar consecuencias legales.
Entonces surgen preguntas inevitables: ¿hasta qué punto puede el periodismo ampararse en el potencial para difundir información de dudosa procedencia? ¿En qué momento se naturalizó usar la palabra “rugbier” como condimento indispensable para potenciar una noticia?
Porque el problema no es solo el error. Es el mecanismo.
Se levantaron chats de origen dudoso como evidencia, circuló un comunicado institucional falso, se difundieron fechas incorrectas y, nuevamente, se utilizó la palabra “rugbier” para amplificar un hecho completamente ajeno al deporte.
No se trata de negar una realidad: la cultura que rodea al rugby —no el deporte en sí— tiene aspectos que revisar. Existen conductas que han manchado su imagen, y es justo señalarlas. Pero también es justo exigir que el periodismo haga lo propio.
Porque así como se interpela a quienes practican rugby, también debería interpelarse la manera en la que se informa.
En ese sentido, las intervenciones de periodistas y comunicadores como Martín Altberg y Felipe Rodríguez marcaron un camino distinto: el de verificar, contextualizar y no alimentar una narrativa sin sustento.
También dejaron una invitación hacia adentro: que el propio ambiente del rugby sea parte activa en esclarecer situaciones como estas. En ser protagonista del cambio. En construir una reputación basada en hechos y no en estigmas.
Porque al final, cuando la noticia se cae, el daño ya está hecho.
Y cuando una palabra se usa para vender, deja de informar.