La cabeza también se entrena: cómo la salud mental dejó de ser un tabú y pasó a ser parte del alto rendimiento en el rugby
Durante años, en el rugby se habló de fortaleza. De la física, claro: del tackle, del scrum, del golpe. Pero también de otra fortaleza, más silenciosa, casi mítica, asociada al carácter: “Ser duro”, “no mostrar debilidad”.
En ese mundo, la salud mental no tenía lugar de conversación. O peor: estaba pero se escondía en silencio.
Hoy, esa realidad cambió. El rugby moderno entendió algo que durante décadas ignoró: la cabeza también se entrena. Y muchas veces, define tanto o más que el cuerpo.
Un jugador puede llegar al máximo nivel con una preparación física impecable, pero si no sabe gestionar la presión, la ansiedad, la frustración o el miedo, el rendimiento empieza a disminuir.
La presencia de psicólogos deportivos en planteles profesionales, seleccionados y academias ya no es una excepción. Es una necesidad.
En muchos equipos de alto rendimiento, el trabajo mental forma parte de la rutina semanal con la misma naturalidad que una sesión de gimnasio o un análisis de video. Y en algunos amateurs también.

Del tabú a la estructura profesional
Durante buena parte del siglo XX y comienzos del XXI, hablar de salud mental en el deporte -y especialmente en el rugby- era casi un tema prohibido. Pedir ayuda podía interpretarse como un signo de fragilidad. La idea de acudir a un psicólogo estaba ligada a un problema, no a una herramienta de mejora.
Tomás De Vedia, exjugador de Los Pumas con destacado paso por Saracens y London Irish, recuerda: “Prácticamente no se hablaba de salud mental, en los clubes teníamos trabajo de cultura pero no era profundo. Personalmente padecí bastante el tema de la preparación psicológica. No tenía esas herramientas”.
El cambio comenzó a acelerarse en la última década, con un punto de inflexión claro entre 2018 y 2021, cuando el deporte empezó a poner el foco en la salud mental de sus atletas. La pandemia terminó de romper muchas barreras: el aislamiento y la incertidumbre obligaron a los jugadores a hablar de temas que hasta entonces quedaban puertas adentro.
“Hace diez años empecé a notar que algunos equipos tenían psicólogos en el staff, pero hace cinco que realmente se incorporó como parte del trabajo”, apunta De Vedia.
En paralelo, figuras de distintas disciplinas comenzaron a hablar abiertamente de ansiedad, depresión, ataques de pánico y agotamiento emocional.
Ese cambio cultural también alcanzó al rugby. Jugadores de diferentes ligas empezaron a referirse al estrés competitivo, al impacto de lesiones prolongadas y al vacío que puede aparecer tras el retiro profesional.

La mente como parte del entrenamiento
En el rugby, la preparación mental tiene particularidades. No se trata solo de "motivar" al jugador. El trabajo es mucho más profundo y específico. Y casi tan importante como la preparación física.
Un psicólogo deportivo puede intervenir en áreas tan diversas como la gestión de la presión en partidos decisivos, la recuperación emocional después de lesiones graves, la adaptación a un nuevo país, la construcción de liderazgo dentro del plantel o la regulación de la ansiedad antes de competir.
La cabeza, como cualquier músculo, se fatiga. Pero también se fortalece. Por eso hoy se trabaja con técnicas concretas: visualización, respiración, mindfulness, rutinas precompetitivas, ejercicios de concentración y sesiones individuales o grupales.
Algunos equipos incluso integran al psicólogo en giras y concentraciones, como una pieza más del staff técnico. El objetivo ya no es solo contener un problema cuando aparece. Es prevenir. Preparar. Entrenar recursos para cuando el escenario se vuelve hostil, poder solucionarlos o adaptarse.
Porque lo que sucede fuera de la cancha también condiciona el rendimiento. Problemas familiares, lesiones, cambios de país, aislamiento o incertidumbre profesional pueden impactar tanto como una mala preparación física. Constantemente, esas consecuencias no son visibles para el entorno, pero sí determinantes para quien las atraviesa.
De Vedia lo resume desde la experiencia: “Sin dudas, trabajar la cabeza y tener un psicólogo me hubiese ayudado a jugar más tiempo, a jugar mejor y me hubiese ahorrado muchos días de estrés. Pero al no tenerlo, eso me llevó a investigar”. Hoy, además de su recorrido en el rugby profesional, es escritor y autor de libros vinculados a mentalidad y deporte.

Un deporte que exige más que nunca
El rugby actual empuja a los jugadores a niveles de exigencia inéditos. Más partidos, más viajes, más exposición, más análisis, más redes sociales, más presión por rendir.
Ya no alcanza con estar bien físicamente: el desgaste emocional es permanente.
Un knock-on en un partido decisivo, una lesión de larga recuperación o una mudanza temprana al exterior para perseguir una carrera profesional son situaciones capaces de desencadenar un desgaste emocional profundo.
Durante mucho tiempo, esos procesos se transitaban en soledad. Todo eso impacta. Y durante mucho tiempo, simplemente no se hablaba.
La profesionalización del rugby trajo avances en nutrición, análisis de datos, medicina deportiva y tecnología.
La salud mental se sumó más tarde, pero con la misma lógica: entender que el rendimiento es integral y fundamental.

El nuevo liderazgo
Uno de los cambios más profundos está en la cultura de equipo. Antes, el líder era muchas veces el que no mostraba emociones. El que soportaba todo sin decir nada.
Hoy empieza a valorarse otra figura: la del jugador que puede hablar, pedir ayuda y habilitar conversaciones difíciles dentro del grupo.
Y las nuevas generaciones parecen haber nacido con esa cultura. Muchos juveniles llegan al club habiendo transitado algún proceso de terapia.
“Yo entreno juveniles y veo que están más abiertos a contar cosas, me dicen que van y tienen un psicólogo. Eso antes no pasaba”, agrega De Vedia.
Ese cambio cultural es quizás el mayor avance. Porque la presencia de profesionales importa, pero más importante todavía es que el vestuario haya dejado de mirar la salud mental como una debilidad.
En un deporte que históricamente celebró la dureza, reconocer la vulnerabilidad también es una forma de fortaleza. Y, acaso, una de las más valientes.